jueves, 27 de diciembre de 2012

The Afghan Whigs: Black is the colour.


(Dedicado a todas las personas que quise, quiero y querré que aman a The Afghan Whigs).

Si existe una banda que ha retratado las aristas afiladas del amor desde todas las perspectivas posibles, esa es The Afghan Whigs. Hoy la rindo tributo.

Baste decir para presentarles que se trata de uno de los grupos de música más injustamente infravalorados de los no menos infravalorados 90's. Adscritos en sus inicios al embrión del universo grunge por su primitivo sonido pastoso, inmediato y sucio, no tardaron en evolucionar y convertirse en una de las formaciones más inmensas del planeta por mucho que la fama no les fuera reconocida. Ellos son los alquimistas que mejor supieron pervertir la música negra para hacerla rock o, si se prefiere, sublimar la electricidad seminal y convertirla en oro negro.

Cualquiera que se haya acercado a su mundo, ha quedado prendado del halo envolvente que transpira su música, esa sugestiva ceremonia mezcla de perversidad, derrota, deseo, lascivia y engaño, una auténtica misa negra con la que expiar los pecados o crear la escena adecuada para cometerlos; las dos caras de la misma moneda, la de la víctima hecha verdugo y viceversa: un juego de poder extraño, magnético y delirante como lo es la pasión y cada uno de sus efectos secundarios devastadores.

Con ellos nos hemos lamido las heridas o hemos afilado a la luz de la luna las cuchillas bajo su sofisticada atmósfera elegante y letal a la par. Un todo indisoluble, un artefacto enigmático que nos hipnotiza y hace reincidir en sus vicios y virtudes. Nos convierte en más humanos, imperfectos, vulnerables y nocivos.


Su cabeza visible, Greg Dulli, es -nunca mejor dicho- un gentleman lujurioso a la vez que frágil, pasado de vueltas a la par que quebradizo, un animal bello que convierte su sudor en icor de dioses. Acompañándole, un juego de figuras de poder imbatible: los tirones de guitarra que más se nos han clavado adentro de Rick McCollum y el oficio y presencia de un bajo de clase inconfundible, el de John Curley. Los distintos baterías, resto de instrumentistas y voces colaboradoras que han pasado por la formación a lo largo de los años son, cada uno a su forma, mimbres firmes sobre los que los exquisitos directos y trabajos de estudio de The Afghan Whigs alcanzaban la excelencia.

Con sus pasos iniciales a través de Big top Halloween (88) y Up in it (90) aún encontrábamos demasiada grava por licuar, apelmazamiento y rabia desbocada. Sin embargo, a partir del EP Uptown Avondale (92), la banda demuestra que una cosa es hacer versiones de artistas y otra apoderarse del espíritu de una canción que se ama y poseerla con fruición hasta hacerla tuya. Desde entonces será esta una faceta que cuidarán y dejarán para la posteridad auténticas maravillas: Prince, The Clash, TLC, Hole, Bob Dylan, New Order...da igual la naturaleza de la fuente: el pérfido genio demoníaco de Greg Dulli y sus acólitos la convertían en algo superior, intransferible, tan propio como el alma.

Congregation (92), con esa reveladora portada de una mujer negra desnuda protegiendo en sus brazos a un bebé blanco es ya la auténtica primera declaración de principios de su obra. Blanco y negro, contrarios hechos complementarios para amar,odiar, sufrir, mentir, crear y, en definitiva, vivir. Sus dardos más desnudos y sentidos se escondían al final: "Let me lie to you", "Tonight" y el rescate oculto de "Miles iz ded", forman una de sus concatenaciones más inmortales, si bien esto será por inverosímil que parezca superado en sus trabajos posteriores. Y es que no me tiembla el pulso para catalogar de obras maestras a Gentlemen (93), Black love (96) y su canto del cisne de calidad y gusto excelso, 1965 (98).

Gentlemen (93) es el disco más doliente, con el que el desengaño y el fracaso del amor más fuerte golpeó a Greg Dulli. Con una de las portadas más bellas que recuerdo: una niña y un niño inocentes jugando a ser mayores en un cuarto, con dos miradas que no se encuentran: la de ella apuntando a la víctima y la de él al futuro incierto, al terrible juego del aislamiento recíproco, de las espaldas silenciosas, de la bajada de bandera, de claudicar y rendirse ante la muerte del afecto.


La miseria con la que buscar calor en los brazos de un/una cualquiera de "Be sweet" tras ser abandonado, la incomunicación viajando en los corazones de los que comparten la misma cara mirando cada uno la orilla contraria al otro de "When we two parted", la prisión que supone no saber salir de una relación girando absurdamente sobre sí misma en "What jail is like" o "My Curse", el canto más desgarrador al fracaso amoroso, a los charcos de sangre y lágrimas en letal alquimia desintegradora donde Dulli deja la interpretación vocal a una escalofriante Marcy Mays, son tan sólo una muestra de los mordiscos devastadores que la escucha de Gentlemen proporciona. Es el canto de una víctima atropellada por el desamor y sus consecuencias.

Interpretación en Pinkpop del año 1994 de "Fountain and Fairfax". Las actuaciones de esa época eran desgarradísimas. 
Recomiendo, pese a su pobre calidad de visionado, el concierto de Reading de ese mismo año.

Y, claro, cuando la víctima alza su espíritu en otro mundo oscuro, demoníaco, sórdido y lleno de misterios y secretos, se reencarna en el peor asesino posible, en un despiadado ser capaz de condenar a la aflicción más descarnada a cada inocente que se cruce en su camino para institucionalizar la venganza más injusta y pérfida. Eso es Black Love (96): el auge del Áve Fénix aceptando que sólo convirtiéndose en aquello que uno odió antaño se puede restablecer el juguete roto en el que se quedó tras Gentlemen.

Ese "amor negro" se refleja en cada una de las vertientes del álbum, desde la musical a la emocional pasando por la gráfica. El viaje conceptual de un homicida desde que se deshace del cuerpo-y alma-, inicia un viaje en flashback bajo la mejor tradición film-noir a los episodios que le han llevado a cometer el asesinato.

La épica arrebatadora de "Crime scene part one", el puñetazo al rostro de "My enemy", el canto a la ausencia de la bellísima "Step into the light", el viaje de placer envenenado junto al socio del demonio hacia la traición irrefrenable de "Going to town", la mezcla desdoblada entre lo onírico y lo real de "Summer kiss" y, por encima de todo, el cierre colosal de "Faded" -canción que, tras componerla, hizo que Greg Dulli telefoneara a su madre y le dijese emocionado que "ya era un músico"-, son un conjunto de piezas con un aura misteriosa y letal. En ese puzzle la mentira y la felonía se justifican como armas de resurrección de los corazones para convertirlos en algo funesto: monstruos fagocitadores de vidas ajenas, succionadores de tuétano insaciables. Desprecio y savoir faire conformando, paradójicamente, al asesino por el que todos desearíamos ser desmembrados entre gritos y susurros.

Y llegamos a la sublimación máxima de la virtud hecha música con 1965 (98), de un gusto exquisito. Una historia de vampiros tras la mucha sangre drenada previamente, pero que siguen deleitándose tomando vino y escuchando a Marvin Gaye.

Con una elegancia sobrecogedora y la perfección hecha canción con The Royal Orleans Revue apoyando el culmen compositivo de The Afghan Whigs, "John the Baptist" -seguramente el tema que siempre anhelaron llegar a brindarnos-, o la clarividencia que les llevó a hacer canciones tan estimulantes en su compleja sencillez como "Uptown again" o "66", no es de extrañar que, pese a haber llegado tan lejos en perfección formal y devoción emocional, el hecho de no conseguir mayor cota de reconocimiento y éxito, a pesar de una crítica embriagada por ellos y una séquito de fans incorruptible y entregado, fuera el motivo, junto a la distancia geográfica entre los miembros, de la separación de una banda irrepetible.

Luego llegarían los sucedáneos con los discos de Twilight Singers de Greg Dulli, su disco en solitario Amber headlights (05), el proyecto junto a Mark Lanegan de The Gutter Twins o la inquietante propuesta de Rick McCollum a través de Moon Maan, pero esas son otras historias que no dejan un rastro de suculentas vísceras en hemorragia constante como The Afghan Whigs.

Intensísima interpretación de 1996 de "Faded" en RockPalast. Es difícil 
no emocionarse hasta las lágrimas ante semejante monumento lírico.


EPÍLOGO.

El año 2012 comenzaba con el anuncio por parte de la banda de reunirse para unos cuantos conciertos. Al ir transcurriendo el año, las citas fueron ampliándose con un éxito de convocatoria y demostraciones de forma inapelables.

En uno de esos shows, tuve la suerte de ver por fin a The Afghan Whigs, en Oporto (Portugal), el 9 de junio, junto a varias personas queridas. Ese fue uno de los conciertos de mi vida donde grité, salté y lloré en catarsis plena. Después, unas copas de vino de Oporto nos acompañaron sobre caminos rodeados de pinos bajo una inmensa luna llena.

martes, 18 de diciembre de 2012

2000-2009 una década de discos trascendentales en mi vida.


(Números uno anuales elegidos por mí para el programa de radio La Parada de los Monstruos).

Como sabéis año a año realizo una lista de mis discos preferidos en ese ejercicio. Supone una forma de mirar atrás y hacer inventario de la banda sonora que ha acompañado mis días durante ese periodo: el refugio antes sufrimientos, la exaltación de los placeres y, en definitiva, el testimonio de seguir viviendo. Esta es la recopilación de los discos fundamentales cada año de la pasada década; poco importa si actualmente suponen más o menos en mi vida, lo que trasciende es el valor coyuntural que les dí en ese momento y les convierte en parte inexcusable de mi ser.


2000. The Cure: Bloodflowers. Uno de sus trabajos más densos y mejor trabajado literariamente si esto es aún posible a esas alturas en una de las plumas que mejor sabe constatar la crónica del nacimiento, auge y desvanecimiento del amor: Robert Smith, el último ser que supo acoger el significado auténtico del termino "Romanticismo" en sus entrañas. Letanías arrastradas que van ahogando al oyente en la escucha bajo un magma de cieno mientras observa la desintegración de todo en lo que alguna vez creyó.



2001. Weezer. Green Album. Actualmente una banda dispersa, incontinente por momentos e incapaz de repetir la eficacia e inspiración certera para crear melodías y canciones con pegada directa e imbatible. Pero todo fue distinto en aquel lejano 2001 cuando Rivers Cuomo y los suyos regresaban a la palestra tras muchos años con un disco de duración ajustada lleno de himnos del mejor power pop con músculo que se recordaba, todo impregnado de ese deje melancólico vintage 50's que era la guinda a un trabajo donde no sobraba ni un segundo.



2002. Sigur Rós.( ). Este es el grupo que más me ha acompañado en los momentos más trascendentales de mi vida en los que he necesitado cauterizar los efectos de algún acontecimiento en mi persona. Su capacidad de evocación, fragilidad y ejemplo intangible del ideal de belleza nunca alcanzó una excelencia mayor para quien os escribe. Un disco que huía de las trabas del verbo, de las acotaciones de títulos, artworks o cuestiones externas para que uno mismo construyera a su manera el retablo hermoso y doliente de aquellos que no renuncian a sentir por encima de cualquier cosa. Inmortal.



2003. A Perfect Circle. 13Th Step. Una de las bandas más anheladas, con su segundo trabajo logró acrecentar el intrincado universo de emociones al que transporta su música. Como la más abrasadora muralla de hielo, se cernían sobre nosotros un conjunto de canciones que desde cierta distancia vaporosa e ingrávida lograban traspasarnos las entrañas derritiendo nuestra persona y drenando nuestra sangre sumidos en un escalofrío mudo.



2004. Chucho. Koniec. El disco más incomprendido de Chucho, el proyecto con el que más maravillas nos obsequió Fernando Alfaro rozando casi el legado de Surfin' Bichos. Un disco rasposo, incómodo, que suena desde su propio título a final, pero que no lo hace por la vía fácil ni autocompasiva, sino a través de un compendio de vivencias propias del universo canino en un trabajo que rebosa honestidad, desencanto y valentía para denunciar los varapalos que la existencia nos propina. El absoluto territorio yermo en youtube para encontrar material de calidad de este álbum, constata su malditismo injusto y facilón.



2005. Ryan Adams & The Cardinals. Cold Roses. Estas rosas frías que nos ofreció Ryan Adams fue el cénit creativo de un año donde llegó a publicar hasta tres discos de estudio. Sentidas tonadas del mejor rock de raíces norteamericano, siempre dulces, pero no empalagosas, con una capacidad para conmover realmente encomiable y desarmante, convertía cada canción en nuestra pequeña gran tragedia cotidiana en constante ajuste de cuentas con el espantapájaros deshilachado del desamor. Tragedias de habitación que calaban hondo.



2006. Standstill.VivaLaGuerra. Una de las bandas nacionales que más ha crecido exponencialmente lanzamiento a lanzamiento, conseguían por fin un lenguaje propio e intransferible en esta su obra más trascendental. Un retablo de pequeños combates cotidianos en los que la guerra particular de cada cual no es jamás dada por vencida y que, por encima de todas las cosas, nos une en esas pequeñas miserias y conquistas humanas que van copando nuestro transitar como migajas encima de una mesa hasta crear un esbozo siempre incompleto de lo que somos.



2007. Los Planetas. La leyenda del espacio. Los planetas comenzaron con este disco su inmersión en la tradición folklórica española, algo que ya habían hecho puntualmente con antelación. Contrariamente a lo que piensan algunos esto no les hizo perder carácter, todo lo contrario: sus canciones ganaron en complejidad, oscuridad y emotividad. Un trabajo de estudio reverencial hacia el flamenco que, adaptado a su libro de estilo, se convertía en un cuadro de letanías profundas, sentidas y estremecedoras.  Tradición, "quejío" y electricidad cauterizadora.



2008. Sigur Rós. Með suð í eyrum við spilum endalaust. Los islandeses conseguían con esta impronunciable obra su trabajo más heterogéneo. Nuevas vías expresivas más terrenales se mezclaban en perfecta armonía con sus ejercicios más etéreos, aquellos que nos permiten viajar a un mundo irreal donde refugiarnos de los sinsabores de aquel en que habitamos y no pocas veces nos lanza dentelladas sin compasión alguna. La constatación definitiva de que el talento de Sigur Rós, unido a su emotividad inalcanzable en cualquier otra banda, eran infalibles a pesar de humanizar sus cualidades divinas.




2009. Mono. Hymn to the immortal wind. Los japoneses Mono lograban con este disco la consagración absoluta del post-rock en alianza con la música clásica. Nunca nadie antes había integrado la ampulosidad de ambos estilos con tanta maestría y con un resultado tan sobrecogedor. Una obra de una melancolía ingente, un viaje al fondo del recuerdo, donde habitan los sentimientos más puros y olvidados, un peregrinaje hacia los restos del naufragio para, con la abnegación y el amor más invencibles, construir desde las cenizas la fortaleza más infranqueable que se haya erigido jamás a través de las vivencias inmortales de los corazones más a flor de piel.

lunes, 10 de diciembre de 2012

Entrevista a Patterson Hood (Drive by truckers)



(Entrevista elaborada originariamente para la revista Muzikalia).

Hablar con Patterson Hood de cara a la salida de su nuevo trabajo en solitario, Heat lightning Rumbles in the distance, es la excusa para ahondar mucho más en el corazón y la cabeza de uno de los líderes de Drive By Truckers y, sobre todo, un alma sentida y lúcida. Este es el resultado de una elocuente y fluida charla junto a él.

Heat Lightning Rumbles In The Distance (12) tiene su origen en un libro que comenzaste a escribir a principios de los noventa y que finalmente abandonaste. ¿Cómo surge el hecho de recuperar ese trabajo y transformarlo en un disco?
En realidad viene de un libro que estaba escribiendo el año pasado que fue, a su vez, abandonado a principios de los años 90. Se basa libremente en mis experiencias en ese momento. Me encontraba deprimido profundamente. La historia se apoya en cómo había llegado a esa época de mi vida y la vuelta a la tortilla, pero por ahora el libro se ha cerrado indefinidamente. Ello generó un montón de canciones de las que estoy muy orgulloso. Algunas basadas en el libro y otras ajenas por completo. Estas canciones representan mi nuevo álbum.

El resultado final del disco, ¿difiere mucho del planteamiento que tenía el libro?
Cerca de 4 canciones están relacionadas con el libro. El resto están profundamente arraigadas a cómo es mi vida en estos momentos. El equilibrio entre la familia y la banda, el hogar contra la carretera, mucha nostalgia y la pérdida de un familiar querido. Es un disco muy personal. Probablemente el más personal de mi discografía.

Dices que su escritura corresponde a un periodo difícil de tu vida. ¿cómo ves con el paso del tiempo esos duros momentos y cómo ha transformado la distancia su conversión en canciones?
Componer canciones fue mi tabla de salvación, mi única salvación durante ese terrible espacio de mi vida. El libro era una especie de carta de amor y de agradecimiento al hecho de poder escribir canciones. Ese aspecto no es tan dominante en el disco, pero como te digo, tiene algunas de mis mejores canciones.

¿Qué diferencias existen entre Heat lightning rumbles in the distance y tus anteriores trabajos en solitario?
Fue escrito y concebido en un periodo de tiempo más corto que probablemente todo lo que he hecho. Escaso, y creo que musicalmente precioso. Sin duda suena a la música más bonita que he hecho nunca.

Has contado en su creación con artistas que admiras como Will Johnson, tu padre el bajista David Hood y tus compañeros de Drive By truckers. ¿Han sido colaboraciones que buscabas de antemano o han ido surgiendo?
Tenía una idea muy clara de cómo quería que sonase cada canción. Más específicamente de lo que he hecho nunca. Sabía exactamente a quién recurrir en busca de los sonidos que estaba buscando y buscaba gente que se entregara. Trabajar con mi padre es siempre un placer especial. Él es un músico increíble y un tío genial. No hemos tocado juntos lo suficiente. Echale una escucha a su discografía. Es increíble.

A la hora de componer una canción, ¿cómo sabes si será utilizada por ti o si la reservarás para Drive By truckers?
Ahora mismo estoy escribiendo para el próximo álbum de DBT, para cuando quiera que se concrete. Jamás me he propuesto de antemano escribir un álbum en solitario. Sucedieron por accidente, por lo menos hasta ahora. Killers and Stars (04) vino de componer canciones de las demos que estaba escribiendo en la primavera de 2001. La misma mezcla de canciones que generaron  el álbum de DBT Decoration Day (03). Había buenas canciones que no eran las adecuadas para la dirección que tomaba ese álbum y se convirtió en mi primer disco en solitario. Murdering Oscar (09) surgió de un grupo de canciones realmente viejas que precedió a DBT unos pocos años. Escribí un lote de otras nuevas para ir con las viejas y se convirtió en mi segundo disco en solitario. Esta vez, había esbozado unas cuantas canciones escritas a raíz de trabajar en ese libro. Iba en un viaje con mi familia e hice un playlist de mis nuevas canciones para escucharlas a lo largo del viaje. Esa lista casi se convirtió en el modelo para el álbum terminado. Casi la secuencia exacta. Sabía la primera vez que las escuché que se convertirían en un álbum y reservé el tiempo de estudio tan pronto como regresé. Escribí la última canción para el álbum, "After The Damage", en ese mismo viaje.

Estamos viviendo momentos muy duros a nivel mundial con graves problemas económicos, sociales, corrupción, etc. ¿Cómo influye eso en ti a la hora de ponerte a escribir canciones?
Me siento profundamente afectado por los problemas a los que nos enfrentamos desde la perspectiva de la cultura. Pasé tanto tiempo echo polvo, profundamente deprimido y viviendo una situación casi desesperada que nunca pensé que podría escapar de eso, así que no puedo dejar de simpatizar hacia las personas afectadas por este tipo de cosas. Mi cambio de suerte todavía me asombra desde la humildad.

Si te parece, vamos a hablar un poco de Drive by truckers, una banda que adoro. ¿Con la perspectiva del tiempo qué disco de Drive By Truckers es tu preferido y por qué?
Estoy orgulloso de mi banda y su legado. Estoy muy orgulloso de ello. Hemos publicado un montón de música y la mayor parte es bastante buena. Las canciones flojas o desganadas son la minoría. A veces nos gustó experimentar en direcciones que no funcionaron del todo y  fallamos un poco, pero no hay nada que me avergüence, que con más de 150 canciones por ahí es bastante bueno, creo. Con mucho gusto comparo nuestro peor álbum con cualquier peor álbum de otras badas. Nuestro peor álbum es mejor que la mierda de peor álbum de los Rolling Stones. (Carcajadas).
Mi favorito si tuviera que elegir uno, sería el Decoration Day (03). Hay algo muy especial en él. Brighter than creation´s dark (08) salió bastante estelar; estoy muy orgulloso de las actuaciones y el tramo que hicimos estilísticamente con Go-Go Boots (11). Creo que The Big To-Do (10) es probablemente nuestro disco más infravalorado. La gente no parecía conectar casi nada, pero me gusta mucho.

Un amigo mío comenta que Decoration Day le salvó de un momento realmente malo y es un disco extraordinariamente hermoso y oscuro. ¿Sirvió de catarsis su creación para los miembros de la banda?
Escribí esas canciones (las únicas que escribí) durante el segundo periodo más oscuro de mi vida (próximas al periodo del libro que abandoné, que fue incluso más mierdoso). Escribir esas canciones fue muy catártico, en efecto. En el momento en que grabamos el álbum, nuestras vidas habían cambiado drásticamente para bien. La grabación de ese disco fue mágica. Una etapa estupenda en el estudio. Muy creativa. Muy emocionante.

Quizá te resulte extraño, pero mi disco preferido de los Truckers es A Blessing and a Curse (06); canciones tan bellas como "A World of hurt" o "Space city" siempre me acompañan. ¿Es un disco del que no estás especialmente satisfecho?
Como ya te he dicho, estoy orgulloso de todos nuestros discos, pero este representa probablemente a lo que me refería cuando dije que tratamos de hacer cosas que no funcionaron del todo. Estábamos pasando por un mal momento como banda. Había un montón de malas energías en el estudio que nos impidió ser tan productivos como podríamos haber sido. Las dos canciones que mencionas son dos de mis canciones favoritas de nuestro repertorio. Estoy muy orgulloso de esas canciones, pero el disco tiene algunas de las que no estoy tan satisfecho. Estábamos intentando algo que no éramos muy capaces de alcanzar todavía. En muchos aspectos, considero que The Big To-Do es un intento de hacer las mismas cosas, pero mucho más cerca de la meta que buscamos.

Dentro de poco te veremos en directo por España junto a  Will Johnson y Craig Finn. Cuéntamos como serán esos directos.
Will y Craig son dos queridos amigos míos y yo soy un gran fan de sus bandas y canciones. Dos de mis artistas y compositores favoritos. Vamos a estar sentados juntos, haciendo turnos en escena... Va a ser increíble. No puedo esperar a hacerlo. ¡Nos vemos allí!

My Sweet Annette es una de las composiciones más bellas creadas por Hood para Drive By Truckers.

lunes, 3 de diciembre de 2012

El cine, el paso del tiempo y el desgaste del corazón.


El otro día reflexionaba acerca de la injusticia que supone para mí verme afectado por el anquilosamiento estético y formal con el que el paso del tiempo castiga la percepción y la apreciación justa de una determinada manifestación artística, y más concretamente, me ocurrió pensando en el cine.

Considero que el cine como arte eminentemente visual, por encima del valor indudable del guión y el desarrollo del metraje, se ve en gran medida afectado por las tendencias y las percepciones de una determinada época. De esta forma, creo que sólo un carácter y una personalidad únicas son la clave para trascender a los vaivenes cronológicos. En ese caso, no sé, se me ocurre mencionar a David Lynch o Francis Ford Coppola para atestiguarlo: Genios que se mantienen al margen de lo que impera y con universos infinitos que nos envuelven del todo inevitablemente al sumergirnos en ellos.


También ocurre en determinados géneros muy perfilados y con un universo intransferible tan magnético que, en sí mismos, logran una capacidad de traslación que consigue igualmente desenfocar nuestra atención sobre este importante escollo. Por encima de todos se me ocurre mencionar el cine negro de los años 40/50 y el cine expresionista alemán de los años 20.

Su marcado libro de estilo y atmósfera introducen sin esfuerzo al espectador a ver la película desde dentro. Así, El Gabinete del Dr. Caligari de Robert Wiene y Nosferatu de Murneau, o El Sueño eterno de Howard Hawks y La noche del cazador de Charles Laughton por poner dos ejemplos por género donde el impacto visual es indudable por encima de cualquier otra cosa, son películas inmortales no sólo ya desde el punto de vista del valor cinematográfico intrínseco, sino también por contar con la capacidad de no pasar los años sobre ellas y permanecer inalterables y con un ímpetu visual capaz de sobrevivir a modas, escuelas o tendencias.


Rememorando casos donde no pude sobrevivir al desfase, al acartonamiento, se me ocurren dos desde un punto de vista también sociológico/cultural. Evidentemente el cine, el arte en general, es testigo de las épocas en las que es realizado y en muchos casos no se me ocurre un mejor cronista para atestiguarlo de forma amena y enriquecedora a la par. En este caso lo que se queda "viejo" no es ya el valor formal, sino el interior de la película, sus propias entrañas que -y esto ya es un caso muy personal de cada uno-, con sus planteamientos serios, profundos y que llevan a cuestionarse diversos aspectos de la personalidad humana, no logran conmover o reclamar su justa valoración en el espectador.

Hablo de Vidas Rebeldes (John Huston) y De aquí a la eternidad (Fred Zinnemann). Dos consideradas obras maestras que disfruté, pero yo mismo analizándolo como ser sufriente del siglo XXI me daba a la vez cuenta de que aquellas denuncias de injusticias, cantos al amor inconclusos y conflictos existenciales, no se identificaban con los que el ser humano actual pudiera sufrir, o mejor dicho, con la MANERA en lo que lo hacemos hoy en día a pesar de ser planteamientos y vivencias universalmente humanas. Y, ojo, que como reitero es una perspectiva absolutamente personal y subjetiva, no pretendo sentar cátedra sobre ella, pero sí hacer hincapié en este hecho: el sentir que estás ante algo considerado prácticamente por unanimidad como construcción magna de talento y que, captando de forma meridiana los motivos que pudieran llevar a ello -esos mimbres sobre los que se montan sólidos y sin fisuras-, uno a la vez está negando con la cabeza momentos o situaciones en las antípodas de las personas de nuestros días. Y  esto es injusto, pero, evidentemente, humano y propio como el respirar.


Y, claro, pareciera que cuando elevamos estas manifestaciones sobre periodos, digamos "clásicos" del arte, los entendidos, los cuatro defensores de la pureza y la sabiduría, pusieran el grito en el cielo. Y eso es algo ridículo. El ejemplo claro lo tengo si miramos a la inversa:

Un defensor a ultranza de la década de los 90's como soy yo, no por haberlo elegido desde un punto de vista de investigación o por un ejercicio intelectual de búsqueda que sólo puede verse cumplido con los años, no: sino por ser los estímulos que recibí en muchos casos en el periodo de primera juventud donde más se expande y sorprende nuestra persona. Es por ello por lo que marcan mi forma de ser y de sentir, tanto en lo musical como en lo fílmico -aunque menos en este aspecto-.


El caso es que es una década, no digo ya poco reivindicada, sino prácticamente denostada. ¿Y por qué? porque esas mentes preclaras que ven el clasicismo como algo intocable, lo derriban aduciendo a la precisamente coyuntura cronológica que destruye el valor de las obras aparecidas en esa etapa. Y no negaré que también ocurre en muchos casos, pero no menos que en su irrebatible paraíso.

Desde esa perspectiva también me he encontrado con películas 90's, y vuelvo aquí a hablar del plano visual, donde su atmósfera me ha cautivado en el caso de haberlas disfrutado en la propia coyuntura temporal en que se estrenaron más o menos -y este es otro punto interesante a tener en cuenta- como, por ejemplo, El Cuervo (Alex Proyas) o Días Extraños (Kathryn Bigelow) y otras que, al haberlo hecho posteriormente, la espada de Damocles de Cronos se ha cebado sobre mi apreciación a pesar de ser retratos demoledores de personas solas y estropeadas en su mecanismo por los golpes de la vida como en el caso de Exótica (Atom Egoyan).


Concluyendo, considero que la invulnerabilidad del valor de las obras a través del paso del tiempo es una cuestión peliaguda y tan personal que carece de sentido el enjuiciamiento colectivo que diviniza o demoniza las mismas, debe ser la experiencia y el conocimiento de cada uno los que le permitan sacar conclusiones que, como siempre, ayuden a comprender un mundo cada vez más difícil de entender.

lunes, 26 de noviembre de 2012

Las joyas escondidas del Estudio Ghibli


Hoy me propongo recordar algunas de las películas menos revindicadas generalmente del fabuloso estudio de animación japonés Ghibli. Ya sabéis, aquel que cuenta con los maestros Hayao Miyazaki e Isao Takahata como principales cabezas. Quien más, quien menos habrá oído hablar de sus películas principales, y aquel que se declare fan, las habrá visto todas, una tras otra, con auténtico deleite.

En este artículo no toca hablar de maravillas como la ensoñación de Mi Vecino Totoro, esa obra maestra que con con espíritu infantil, simbólico y conmovedor rememora la experiencia de Miyazaki al sobreponerse a los infiernos que pasó debido a una grave tuberculosis que sufrió su madre siendo niño. Todo un emblema y una manera de sentir en sí misma, es difícil explicar de una forma digamos objetiva su esencia, muy destinada a corazones con una determinada percepción para desenredar las emociones.

Tampoco es tiempo de rememorar nuestro recuerdo adolescente con Manga Films y Porco Rosso, otra maravilla que transcurre tras la Primera Guerra Mundial, de una imaginación y maestría cinematográfica sobresalientes. Puro cine de carne y hueso hecho dibujo, donde un carismático cerdo demuestra ser más humano en todos los sentidos que cualquier persona. Magia.


Ni siquiera vamos a rendirnos de nuevo ante la espectacularidad de los sobrenaturales cantos ecológicos a la conservación de la naturaleza de las rotundas La Princesa Mononoke y, en cierta forma, su precursora Nausicaä del Valle del Viento (ver mi artículo sobre ella), o del despliegue de imaginación infinita de El Viaje de Chihiro, o de tantas que me dejo en el tintero...

No, hoy toca hablar de esas que no ocupan tanto espacio en comentarios y exaltaciones, pequeños destellos de lirismo epitelial que merecen ser recordados. Me he decantado por tres:

Empezaré hablando de Susurros del Corazón de Yoshifumi Kondo -guión de Miyazaki-. Metáfora conmovedora de encontrar la vocación y el amor por algo en esta vida que le de sentido. Fundamental resulta en ella la delicadeza con que retrata la superación de la adversidad y el lograr llegar a confiar en uno mismo y sus posibilidades. Si de mayor me dejó noqueado, no quiero ni imaginar lo necesaria y trascendental que pudiera resultar para el crecimiento personal de un niño o de un adolescente. Como curiosidad decir que aparece en ella Barón, personaje gatuno que se desarrolla más -en detrimento de su aura simbólica- en la ni por asomo tan trascendente y fundamental Haru en el reino de los gatos, entrañable entretenimiento naïf por otra parte.


El despertar amoroso entre los dos niños protagonistas no es el motor de la misma si algún despistado no ve más allá, sino el escuchar el interior de uno mismo y conseguir con ello dotar de sentido la existencia. Su escena final con ambos subiendo una bicicleta por una escarpada cuesta es de los más conmovedores que guardo en mi retina. Hermosísima.

Y continuo con Puedo escuchar el mar de Tomomi Mochizuki.  Mi película fetiche del estudio, mi pequeño tesoro oculto. Melancólico canto al amor adolescente, de instituto, escrita sin ninguna pretensión, sin sobresaltos, pautada con un ritmo sosegado embriagador, con la magia de la sencillez, de los pequeños grandes-detalles, como su hermosísima banda sonora, sus situaciones mundanas, su reflejo vehemente de una época de conflictos intrascendentes que suponían todo ante un corazón en el despertar de su florecimiento.


Sin la profundidad y trascendencia teñida de fatalismo del joven maestro Makoto Shinkai (lee mi homenaje si quieres saber más sobre él), el anime es un retrato indentificable de las zozobras sin rumbo afectivas, y vitales en general, de la primera juventud. Sutil e inolvidable, sus reiterados visionados se me hacen obligatorios como ejercicio de evocación que desemboca en un extraño y antitético bienestar nostálgico.

Y para terminar con una sonrisa, o mejor carcajada, mi aplauso para Mis vecinos los Yamada de Isao Takahata, una suerte de The Simpsons a la japonesa. Una sucesión de sketches animados con un estilo gráfico muy alejado del habitual en Ghibli que presentan situaciones del día a día en una familia nipona al uso.


Quizá a nuestros ojos en no pocos casos parezcan desbarrantes y extrañas - no olvidemos que no deja de ser como en todos los casos, pero más marcado aquí, la visión sociológica y cultural de un entorno alejado al occidental-. Para mi fue el complemento perfecto en tono humorístico y desprejuiciado a la lectura del estudio antropológico El Crisantemo y la espada de Ruth Benedict para conocer los más íntimos recovecos de la unidad familiar en el país del sol naciente.

Y hasta aquí este recordatorio de diminutos tarros de las esencias más embriagadoras. No dejéis de apreciar su riqueza sensorial purificadora, lo agradeceréis seguro.



martes, 20 de noviembre de 2012

Mad Men: El detritus se viste de corbata.



Tras eliminar el cerrojazo auto-impuesto a las series de televisión durante años, han sido bastantes las que me han volado la cabeza en los últimos tiempos: Breaking Bad, Dexter, Black Mirror, The Walking Dead, American Horror History...y, sobre todo, a la que rindo especial homenaje en esta entrada: Mad Men.

Reconozco que me costó unirme al carrusel de series que copan la oferta actual. Eran muchas las voces y opiniones que hablaban maravillas de ellas y, no sé, quizá por el ya de por sí ajustado tiempo del que disponemos no me decidía a decantarme por ninguna.

Qué duda cabe que la forma en que se dilatan temporada a temporada crearían una dependencia e inversión de existencia que sin duda debiera estar a la altura de lo que éstas fueran capaces de aportarme. Y, demonios, vaya si lo merece.

Los grandes guionistas, directores  y elenco de actores campean por ellas actualmente. Es más, es de tal forma así que, si comparo lo que me han enriquecido algunas en comparación a lo que lo ha hecho el cine de estreno en los tres o cuatro últimos años, desde luego concluiría que el séptimo arte no pasa precisamente por sus mejores horas al estar volcado el talento por el lado del serial.

Tradicionalmente, en mi pedestal siempre estuvieron Twin Peaks y A dos metros bajo tierra, dos series que me habían conmovido, cada una a su forma. La primera como cenit de la fascinación visual, obsesiva, onírica y mágica del universo Lynch y la segunda desde la perspectiva de mostrar magistralmente la fragilidad de la vida, sus decepciones y sus transformaciones desde una visión ácida y conmovedora a la par.


Y ahora en este Olimpo reducido irrumpe Mad Men. Por si alguien no lo sabe, la serie se sitúa en la Nueva York de los años 60's, en plena hegemonía del negocio publicitario, en el corazón de Madison Avenue, cuna de grandes y emergentes agencias de publicidad que se disputaban potentes anunciantes en un periodo de bonanza consumista.

Es habitual oír hablar acerca de las virtudes de Mad Men desde la perspectiva de lo bien que se encuentra recreada esa época histórica a la que se refiere, retrotrayéndonos sin problema a esos días y situaciones; o de la elegancia estética que destila su estilo, cuidando cada detalle, cada guiño capaz de ser apreciado sensorialmente hasta convertirla en una serie trufada de fetiches (trajes, peinados, copas de diseño, cigarrillos, coches, fiestas, canciones...); así es la propia publicidad: un mundo fetichista donde la distinción y el valor añadido aportan cualidades superlativas que erotizan nuestra mente hasta anhelar poseer un determinado objeto de deseo.


El contexto cronológico de acontecimientos históricos que de forma tangencial afectan a la trama están también muy bien perfilados en un periodo convulsionado por la lucha entre la vanguardia artística y el hippismo frente al conservadurismo. Destacar la crónica que sobre las distintas conquistas sociales hace gala Mad Men: la consecución de derechos para la población negra, la aceptación homosexual o la posición de la mujer en el entorno laboral, en el desarrollo de su independencia y, en definitiva, en su lucha por alcanzar un status quo en un mundo predominantemente machista.


El guión cumple un papel importante, sobre todo en el desarrollo inicial de la serie, pero la propia trama en sí misma que en casos como Breaking Bad adquiere la etiqueta de magistral, no es tan importante en última instancia en el devenir de Mad Men y más bien es un drama de situación, donde los personajes adquieren un poder simbólico extraordinario y cada uno perfila hasta la extenuación virtudes, defectos, carencias y deseos.

Por otro lado, como licenciado en la materia y persona que ha trabajado años en la profesión, me resulta divertido e irritante -por los sinsabores que ello crea en ocasiones- la plasmación de todo el entramado publicitario, las relaciones con clientes, medios, las defensas de estrategias o conceptos ante anunciantes, los rechazos despectivos a las ideas que tanto ha costado construir o los vivificantes momentos de exuberante creatividad que fluye de nosotros convirtiéndonos coyunturalmente en seres invencibles por absurdo que parezca.


En mi experiencia personal como redactor en el mundo de la publicidad, he vivido momentos patéticos como cuando mi director de agencia llegó borracho a la oficina para despedir a un compañero al no tener valor a hacerlo sin estarlo y encima nos lo contó después; cómo afamados médicos de una compañía de hospitales anunciante llegaban a altas horas de la tarde para encerrarse con mi jefe en el despacho con una botella de whiskey por medio mientras los demás nos íbamos a casa, esa cárcel a la que ellos no quisieran regresar y ahogaran torpemente en alcohol; ver llegar fastuosas cantidades de comida encargadas para "compensarnos" esas horas extra en las que no podíamos ir ni a comer para que el trabajo saliera para la presentación de las 18.00h -sin remunerar, claro, "aquí se sabe cuándo se entra, pero no cuándo se sale"-; o cómo debiera defender estrategias o ideas creativas que ni siquiera eran mías al haber sido contratadas a un externo - sin saberlo el cliente, obviamente- y decirme con gesto adusto a la cara éste que no había entendido nada del briefing quedando ante sus ojos como un inepto por un trabajo malo que debiera fingir haber hecho yo y entonar humillado, además, el mea culpa.


En fin, imborrables miserias varias que ahora disfruto con una sonrisa entre la melancolía y el sarcasmo sentado en un sofá al ver los diferentes episodios y observar retratadas tantas circunstancias similares.

Hasta aquí el plano formal, "impecable", pero quisiera hacer especial mención al trasfondo de todo esto: el plano "implacable". Me sorprende no pocas veces cuando hablo sobre Mad Men con personas como obvian todo el trasunto subterráneo que late en la serie de forma perniciosa y expuesta: la insatisfacción personal y la terrible soledad del éxito, items tan capaces de hacer tambalear al espectador que entiendo que el espejo ante el que muchos y muchas se encuentran les haga mirar para otro lado evitando su imagen.

Pues tranquilos, que aquí estoy yo para sujetaros bien fuerte los párpados y separarlos de vuestros ojos cerrados a la fuerza.

Lo primero que llama la atención es la hipocresía que campea a sus anchas en las relaciones laborales. Una hipocresía ocultada por palmadas en la espalda ajena y cuchillos escondidos tras la nuestra. A esto añadamos la envidia corrosiva, el ansia por derribar al adversario, por conseguir una pequeña victoria profesional que ahogue las terribles derrotas que en el plano personal copan la vida.

Vidas de cara a la galería: naturalezas muertas de bonita esposa jarrón, bebé, piso y coche ejemplares que exponer ante los semejantes, mientras se desea al resto de mujeres, que el bebé crezca y nos deje en paz, vivir de alquiler en un picadero y llevar a todas en un Jaguar.


Y, por supuesto, la humillación del empleado, la exhibición grotesca del dedo índice superior señalando tu error o, peor aún, haciéndote partícipe de aquel que no fue el tuyo, carrusel implacable sin ningún reparo de desprecio bajo ventanales diáfanos.

Y como ente antropófago reinante está omnipotentemente retratada la dictadura de la entrepierna, auténtico motor del mundo. Resulta doliente y real la forma en que el sexo es reflejado en todas su vertientes: desde la de la desintegración del deseo, desde la del engaño, desde la del peligro, desde la de la transacción comercial...,es decir, desde todas aquellas alejadas de la primigenia naturaleza revitalizante y sin efectos secundarios.

Porque el placer lleva implícito el dolor y todos lo sabemos; y el buscar es el motor de nuestras vidas, y no el encontrar, antesala del perder; y porque todo cansa, paradójicamente sobre todo aquello que utilizamos para descansar del cansancio, y porque lo eterno se resquebraja y porque el precio a pagar por encontrar una salida te consumirá aún más, te hará sentir más despreciable mientras luces la sonrisa del éxito ante los demás si tu situación te lo permite.


La miseria existencial nunca ha sido retratada con tanto vigor y decadencia impoluta. Tanta beautiful people herida de muerte, remendada con mil paraísos artificiales para escapar de todo menos de lo que fundamentalmente se busca: hacerlo de uno mismo.

lunes, 12 de noviembre de 2012

Star Wars. ¿Existe un orden ideal para ver la saga?


Advertencia:
Este es un artículo hecho por un fan para fans de Star Wars. No recomendable para "haters" integristas de la nueva trilogía que no hayan dado oportunidades suficientes a las películas o no las recuerden en absoluto, ni tampoco para quienes no hayan visto las películas y quieran hacerlo -alguien habrá en la galaxia- pues contiene diversos spoilers fatales que desvelan hechos fundamentales de la trama.

Advertir, igualmente, que este no es ningún artículo minucioso o enciclopédico hecho por los frikis del universo Star Wars que conocen hasta el modelo de calzoncillos del almirante Ackbar y su peso en miligramos el día que no se ha puesto muda limpia.


Cada año desde su aparición en versión extendida en DVD, recordamos en casa la trilogía de El señor de los Anillos. Un viaje de unas doce horas que este año, tras un número considerable de veces, decidimos cambiar por otro igual de fascinante al universo Star Wars.

Fue un tour de force de seis películas seguidas que mucho seguidor habrá hecho en algún momento. En nosotros surgió la duda de si el visionado debiera obedecer al orden cronológico de los acontecimientos o bien al orden en que aparecieron las películas.

Consideramos decantarnos por la primera opción al conocerlas, si bien llegamos a la conclusión de que todo neófito debiera hacerlo en el orden del estreno de las películas más que nada para incrementar crescendos como la confesión de Darth Vader como padre a su hijo Luke en El Imperio Contraataca, darle más juego a los flirteos amorosos iniciales entre dos aguas de Leia con Han Solo y Luke Skywalker o el descubrimiento por parte de los Jedis supervivientes a Luke Skywalker de la existencia de una hermana suya, la propia Leia.


Fascinantes teorías como la de que mecanizar el cuerpo de un Jedi le va acercando al Lado Oscuro logran mantenerse en ambas trilogías: Luke Skywalker pierde la mano al final de El Imperio Contraataca en su enfrentamiento con Vader y le es transplantada una artificial, y de igual forma, en el Episodio II Anakin directamente pierde un brazo en su enfrentamiento junto a Obi-Wan y Yoda contra el Conde Dooku.


Otra teoría que sin embargo se mantiene sólo en la antigua trilogía y que por desgracia se pierde con la nueva -tengo en preparación otra entrada con los 10 peores momentos de la saga- es la teoría del color de los sables láser: en origen, el sable azul es el Jedi y el sable rojo el sable Sith. Todo ello conlleva a la inquietud de El Retorno del Jedi con la irrupción de Luke con un nuevo sable verde.


Esto debiera ser considerado como un paso intermedio entre el Jedi y el Sith, un momento de debate entre la luz y la oscuridad, apoyado magistralmente en la fustigación mental de Luke tras la confesión de su padre, el uniforme impolutamente negro con que se presenta en la corte de Jabba el Hutt y cómo no, el propio rostro que había adquirido Mark Hamill tras su accidente.

Lógicamente con el momento primavera en El Corte Inglés que se saca de la manga el señor Lucas en el Episodio II con la batalla de los Jedi en Geonosis, todo este constructo se pierde. Yoda aparece con un sable verde y desde luego poco podemos dudar de la fe en la Fuerza de este Maestro. Mace Windu aparece con un sable fucsia, y por allí campean hasta sables amarillos, en fin, toda una fascinante teoría cromática ingenua hecha pedazos. Como digo, ya castigaré, desde mi lado benevolente y entregado obviamente, estos errores en un futuro artículo.


También es cierto que todo esto puede considerarse de forma contraria, y deleitarse linealmente con la saga, pero pienso que sin los suficientes visionados no es apropiado. Son muchos los pequeños detalles que, sin embargo, sí se consiguen apreciar conociendo de antemano los acontecimientos, aportan información curiosa y rica que en cierta forma engrandece las ideas de George Lucas tanto iniciales como las últimas no hilvanadas con tanta genialidad por desgracia.

Son pequeños apuntes sutiles sobre todo por el camino de redención poderosísimo de Anakin Skywalker en la segunda trilogía, apreciable ya en pequeñas dosis desde el Episodio IV o detalles como en el que en el mismo episodio nos produce gracia y comprendemos a la perfección tras la nueva trilogía. Me refiero a la huida despavorida de varios guerreros Tusken tras dejar sin conocimiento a Luke en el desierto de Tattoine con tan sólo la llegada lejana de los andares de un Jedi como Obi Wan. Obviamente, eso se debe al literal exterminio de moradores de las arenas que comete en El ataque de los clones Anakin Skywalker tras haber sido los causantes de la muerte de su madre -mejor momento del film posiblemente-.


Otros a tener en cuenta es el reseteo de memoria de C3-PO al final del Episodio III -y no de R2-D2, por lo que él recordaría todos los acontecimientos de la primera trilogía en la segunda y sería el auténtico cronista subterráneo de la saga desde su aparición en Naboo-. El reseteo de C3-PO conlleva que no pudiera recordar a Obi-Wan, el reparto de gemelos entre Tattoine y Aldearaan, el hecho de que Anakin fuera su creador, etc.


También al final del fabuloso Episodio III se justifica el aprendizaje de volver desde el mundo de los muertos de Obi-Wan al indicarle Yoda que será una técnica que le enseñará durante su exilio en Tattoine el propio Qui-Gon Jinn. En última instancia, eso justifica el propio "suicidio" que Obi-Wan se auto-provoca en parte en el combate de sable láser con Darth Vader en el Episodio IV, tanto para cerrar el círculo y permitir que la profecía del equilibrio de La Fuerza se cumpla como por el propio hecho de que, a pesar de morir, su posibilidad de trasladarse desde el otro mundo, le permitirá un enlace definitivo con el por entonces Jedi en potencia Luke y moldear su destino.


Ver de esta forma la trilogía también permite entender, o mejor dicho, justificar los andares pesados y grotescos de Darth Vader: el estado en que queda prácticamente su mortaja en Mustafar tras el trepidante combate con Obi-Wan le deja sin piernas y sin su restante brazo humano, por lo que todos los miembros de Darth Vader están mecanizados y le hacen andar de forma pesada y torpe tras su reconstrucción.


Interesante resulta también este visionado para apreciar el desarrollo tecnológico y de diseño que las flotas de naves adquieren con el tiempo al igual que los engendros mecánicos. En El ataque de los clones ya observamos campear precursores primitivos de los ATT-Walkers y en La venganza de los Sith, los propios Anakin y Obi-Wan acuden al rescate-señuelo del Canciller en dos proto Tie-fighters y se aprecian también las naves antecesoras del X-wing surgidas durante las Guerras Clon.


Hay que reconocer que es mérito de Lucas el lograr con mucha más tecnología y medios digitales e informáticos el esfuerzo por intentar que los nuevos diseños mecanizados parezcan más antiguos al ser anteriores en el tiempo que los de la entrañables maquetas de la primera trilogía y a mi juicio lo consigue.

Un pequeño detalle que me hace mucha gracia también es la escena en la que Yoda, tras la masacre emprendida por Darth Sidious, va en su busca para arreglar en un enfrentamiento personal el entuerto. En ella se topa con dos guardias reales del emperador; ya sabéis, esos solemnes caballeros carmesíes todo fachada en las películas.


Pues bien, si en el Retorno del Jedi tan sólo inquietaban con su apariencia, pero en ningún momento les vimos hacer uso de sus, en teoría, letales habilidades, en el Episodio III es divertidísimo e irónico como, al encontrarse ante una pareja de ellos el Gran Maestro Jedi, lejos de ofrecernos un combate mínimamente excitante o por fin el potencial de dicha guardia, nada más aparecer Yoda por el quicio de la compuerta, se derrumban como auténticos bolos con un sólo ademán de La Fuerza por parte del Maestro. Guiño sutil pleno de escarnio.

Ver de forma lineal los films permite apreciar como es un clásico por parte de los Sith conspirar constantemente al adquirir cierta hegemonía para oponerse a quienes les habían otorgado su confianza en el mal.

Así, el Conde Dooku, pese a estar confabulado con Palpatine en la compleja trama de creación del Imperio Galáctico, ofrece al Obi-Wan cautivo la posibilidad de aliarse con él y dominar la galaxia en el Episodio II. En el Episodio III es el propio Anakin, convertido ya en sith, quien se lo propone a la mismísima Padmé poco antes de intentar matarla fruto de la impotencia.


En ese momento ya apreciamos el propio arrepentimiento paulatino que sufre Anakin desde que entrega su sabiduría y poder a la Orden Sith, desde que participa en la muerte de Mace Windu a manos del Emperador o incluso antes.

Por ello, cuando ya embutido en su traje mecánico Darth Vader ofrece a su hijo Luke conquistar juntos la galaxia en El Imperio Contraataca, no es la primera vez que nos encontramos ante juegos de confabulación entre las propias huestes del Lado Oscuro.


También ayuda a entender la ayuda que presta como cazarrecompensas Bobba Fett al Imperio para cazar a los rebeldes en Bespin, aparte de su propia naturaleza como tal y el hecho de conseguir a Han Solo para Jabba el Hutt, el hecho de la muerte que a manos de los jedi, concretamente de Mace Windu, sufre su padre Jango en la batalla de Geonosis.


Para encajar correctamente el paso del tiempo y la concordancia argumental, Boba Fett fue un clon más creado a partir de su padre, pero que, a diferencia del resto que componen el ejercito clon desarrollado en Kamino, no contaba con un crecimiento acelerado por lo que concuerda perfectamente en la línea temporal de los hechos su existencia niño-adulto en el desarrollo de la saga.

Por último, no quiero pasar por el alto la necesidad o no de ver la trilogía inicial con las escenas añadidas o cambiadas que realizó Lucas hace unos años. Particularmente, salvo las mejoras de efectos y los añadidos en el planeta helado de Hoth de El Imperio Contraataca, no soy especialmente fan.


Por un lado, la aparición de Jabba el Hutt en el Episodio IV discutiendo con Han Solo sobre las deudas que este atesora con él la veo bastante prescindible, más que nada por la baja autoridad que demuestra el gusano, estando prácticamente toreado por Solo cuando hablan uno junto al otro y con una sumisión absoluta, aparte de una cara pánfila a años luz de la que exhibía originariamente.


Es maravillosa la estampa imponente que por contra demuestra apoltronado en su sede en El Retorno del Jedi y toda esa solemnidad y temor se evaporan considerablemente con este Jabba digital que adelanta Una Nueva Esperanza en su versión maquillada. No olvidemos que en las escenas originales que hubieran formado parte de la película en 1.977 Jabba tenía una apariencia humana y no como inmunda babosa gigante con la que irrumpió en el Episodio VI posteriormente. Igualmente innecesarias e irritantes resultan las modificaciones en el número musical del templo de Jabba anterior a la muerte de su primera esclava con la inclusión de nuevas animaciones y personajes que, lejos de resultar inquietantes y turbios, parecen teleñecos infantiles.

Otro añadido irritante consiste en la absurda justificación moral que se saca de la manga Lucas para determinar por qué Han Solo se carga al cazarrecompensas Greedo que va a buscarle para obtener premio por su cabeza a la Cantina de Mos Eisley.


Ya sabéis, esa escena tensa sentados en la mesa uno frente a otro en la que Greedo apunta con una pistola a Solo y éste, por debajo de la mesa, desenfunda a su vez la suya y le deja achicharrado de un disparo. Pues bien, en la escena original, el piloto del Halcón Milenario maniobraba con su arma y como digo, le dejaba seco de un tiro bajuno. Para justificar posteriormente esa acción en las ediciones remozadas de la trilogía, se añadió un disparo previo del cazarrecompensas que Han esquivaba para después disparar en defensa propia. Es algo bastante sutil, pero la moralina sinsentido para dar ejemplo es realmente recalcitrante e innecesaria.

Y otra polémica considerable es la del plano final de la saga en la Luna de Endor en la fiesta Ewok. Me refiero a la instantánea de todos los jedi desaparecidos con su aura espiritual azul. En la nueva edición remozada de las 3 películas originales, desaparecía la figura de David Prowse, el antiguo actor que interpretaba a Darth Vader, siendo sustituida por la del joven Anakin interpretada por Hayden Christansen.


Esto es una incongruencia absoluta, ya que los que justifiquen que debe ser el Anakin joven anterior a convertirse en Lord Darth Vader el que debe aparecer junto al resto de jedis olvidan lo fundamental: para ver cumplida la profecía y devolver el equilibrio a La Fuerza es el propio Darth Vader quien lo consigue a través del asesinato del Emperador y la redención ante su hijo posterior en uno de los lances más extraordinariamente épicos y emocionantes del universo Star Wars. Por tanto, jamás debiera haberse producido dicho cambio.

En resumen, no me atrevo a recomendar o determinar la ordenación definitiva para disfrutar de la saga Star Wars salvo por los criterios de conocimiento/desconocimiento de los acontecimientos que narran sus películas. Sólo espero que habiendo rememorado algunos lances más o menos trascendentales o anecdóticos, todos aquellos que siguen recordando con animadversión la nueva saga, le den alguna nueva oportunidad que les permita apreciar un sinfín de virtudes que, por desgracia, quedaron sepultadas por un generoso número de errores que será detallado en una posterior ocasión.

Ah, y ahora que el mundo está debatiendo acerca de la compra de LucasFilm por parte de Disney, lejos de infundados juicios de valor a priorísticos, sólo deseo poder rendir un nuevo homenaje dentro de muchos años a las nuevas películas de un universo que hace mucho, mucho tiempo marcaron mi corazón y mi imaginación para siempre.

lunes, 5 de noviembre de 2012

La elegancia del erizo, una coraza de camelias.




Quizá estar vivo sea esto: perseguir instantes que mueren.
(La Elegancia del erizo, Muriel Barbery).


Acabo de terminar de leer La elegancia del erizo de Muriel Barbery (gracias de nuevo por el regalo, M.R.). Hace tiempo que abandoné la manía de primera juventud que hace desconfiar de los bestseller, esa rebeldía teñida de supuesta autenticidad y  rigor que lleva a despreciar una obra por el simple hecho de ser más vendida o popular.

Aún así, cada vez que abro un libro, escucho un disco o veo una película donde inevitablemente uno de los reclamos que más se vocea es su poder de convocatoria, su elevado número de fieles, no evito torcer de primeras el gesto. Qué se le va a hacer, por mucho que uno trate de madurar, envejecer en pos del equilibrio, los tics adolescentes e ingenuos por intentar ser distinto o desconfiar de las mayorías siguen teniendo su efecto. Con razón o no, no lo sé. Quizá es una forma como otra cualquier de mantenerse alerta ante aquello que nos llega desde fuera.

El caso está en que no tardé en prenderme de su grácil lectura y de su planteamiento. Obviamente estas reflexiones, como algunas veces indico, no están hechas para confeccionar críticas, desarrollar sinopsis o transmitir el mínimo conocimiento enciclopédico; serían tareas absurdas, infundadas  y con resultados mediocres e incompletos: esto son pequeños homenajes a determinadas obras o momentos que enriquecen mi vida aportándome visiones o sensaciones que ayuden a completar circunstancialmente el embudo que soy.

La elegancia del erizo, además, bien podría ser una novela- blog en sí misma, una recopilación de pensamientos, de apreciaciones que se van sucediendo intermitentemente entre su dos protagonistas : una sensible y culta portera viuda cincuentona y una niña de doce años superdotada que vive su particular aislamiento adolescente en el seno de una familia acomodada del mundo político.

Ambas viven en el mismo edificio, el número 7 de la calle Grenolle, una suerte de retablo por el que desfilan diversos monstruos humanos de distinta catadura moral, intelectual y social, marco de fondo que juega a las formas de lo que sería, por poner un ejemplo, el vecindario de la película de Delicatessen sin forzar tanto el histrionismo y la atmósfera malsana que logra Jeunet en el film.

Lo verdaderamente interesante de la novela es el paralelismo antitético que ambas trazan para sobrevivir a un mundo que inevitablemente les es hostil.

En el caso de Renée, la portera, es fascinante el refugio intransferible que se ha creado por sí misma.En él ha desarrollado unas dotes asombrosas para apreciar el arte y el sentido metafísico de la vida; una mujer con un mundo interior exuberante que, sin embargo, debe mantener en celo al estar determinada su existencia por el condicionamiento social en el que se crió al tener un origen humilde que nunca le ha permitido ir más allá de llevar una existencia en apariencia miserable trabajando como portera en un edificio de una zona pudiente de París y siendo esclava de los convencionalismos sociales que desde fuera condenan a una persona de sus características.

Pobre, poco agraciada, sin posibilidades y con el cruel añadido del dolor que todo ello produce en una persona enormemente inteligente, fragua de forma autodidacta un yo maravillosamente florido que debe ocultar para mantener su estatus de persona condenada a la mediocridad, salvo por las curiosas circunstancias y personajes capaces de descubrir tras esa coraza el magma de inquietud, humanidad y amplitud existencial que convergen en ella.

Como contrapunto a una vida construida bajo un búnker en el que resguardar las claves para sobrevivir a un entorno adverso, se encuentra Paloma, la hija menor de un político que se muestra incapaz de encontrar la más mínima dicha en una casa donde el convencionalismo, la neurastenia y la apariencia de tono amable lo copan todo. Su capacidad de ser tan consciente de la gran farsa que le rodea le lleva a elaborar un diario de ideas profundas y movimientos del mundo como balsa de escape para encontrar -o dejar de buscar, según se mire- sentido a la existencia. Para ello, articula certeros dardos ácidos con los que cuestionar tantas cosas como, por otro lado, encontrar pequeños asideros para seguir viviendo. Su encuentro con Renèe sera fundamental para comprender ella misma el constructo que su tierna y lúcida cabeza pergeñaba.


Muriel Barbery, la autora, evidencia su labor como profesora de filosofía a lo largo de la obra construyendo un pequeño compendio de reflexiones acerca del propio sentido del desarrollo filosófico universal, del valor del arte como medio para alcanzar la eternidad y trascender, de la armonía del pensamiento oriental en contraposición al carácter beligerante e invasivo del occidental, de tics infectos modernos como, por ejemplo, el de los ricos que visten como pobres de diseño para simpatizar con el mundo vulgar que les rodea, etc.

Parafraseando a mi gran amigo B., diré que en La elegancia del erizo lo que verdaderamente importa es el viaje, el trayecto, lejos de finales o planteamientos más o menos conseguidos o epatantes.

Un viaje que se justifica para el lector y la autora en un afán: la búsqueda de la belleza como recurso para trascender al fagocitador gris que nos rodea.


martes, 30 de octubre de 2012

Juego de máscaras: Iamamiwhoami, turbia belleza.



La aparición en el universo musical de Iamamiwhoami vino acompañada de una campaña de marketing viral a través de una serie de vídeos enviados a diversas publicaciones musicales escalonadamente. El misterio que acompañaba la autoría de los mismos fue engrandeciéndose como una bola de nieve y creando expectativas de diversa naturaleza entorno a ese oscurantismo. Tanto, que se llegó a especular con nombres rocambolescos como Christina Aguilera detrás del proyecto.

Algunos pensaron que nos encontrábamos ante el enésimo hype que, ante la crisis que vive la industria discográfica, recurre a estas nuevas artimañas para llamar la atención. Pero no nos equivoquemos: nos encontramos ante un proyecto evidentemente audiovisual y de vanguardia, pero en el que detrás de toda la parafernalia encontramos lo que verdaderamente nos interesa, canciones que se sustentan por sí mismas.

Una vez que el misterio se vino abajo y supimos que detrás de Iamamiwhoami se encontraba la cantante sueca Jonna Lee y el productor Claes Björklund, y después de la publicación on-line del falso directo In concert (10), una nueva serie de singles lanzados con sus correspondientes videoclips daría lugar a la primera publicación de un disco de estudio, Kin (12).

Kin mantiene la esencia de lo que hasta ahora es iamamiwhoami, esto es, una electrónica de raíz independiente -¿alguien todavía utiliza la etiqueta indietrónica?- que cuenta entre sus mayores logros el de atesorar todo el conocimiento y tradición del mejor synth-pop de viejos maestros como Depeche Mode con la innovación estilística que han traído nuevos valores como The knive.

El disco se abre con la comatosa fragilidad de “Sever”, el reverso electrónico de las texturas vaporosas que nos han ofrecido Sigur Rós con Valtari este mismo año. Sin darnos cuenta, nos acomete de súbito “Drops”, un trepidante tema de desarrollo nervioso que recuerda los mejores logros de Lali Puna con una vocación más grandilocuente. Es el momento más orientado a una hipotética pista de baile junto al cierre de “Goods”.

A estas alturas ya nos percatamos de estar ante un trabajo que cuenta con la virtud de resultar compacto a la par que heterogéneo. El falsete histriónico de Jonna Lee en “Play”, unido a su producción sofisticada, la convertirían en la diva decadente de cualquier fiesta en la que no lograra entrar la pulcritud de Jessie Ware.

Hay momentos en que la propuesta de iamamiwhoami se hace relativamente más accesible como con el electro-pop de “Kill”, pero en ningún momento traiciona su espíritu poseedor de turbia belleza herida, justo la única justificable en este mundo macilento.

La inquietud blanquecina unida al estilo urbanístico sintético me traen a la cabeza el espíritu de extrañeza que destilaba el libro y la película Déjame entrar, también suecos.